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La comercialización del producto es, como en el resto de las industrias, una fase esencial en todo el proceso de producción del calzado.

En la década de los años 30 del siglo XX algunos empresarios de Inca, con una clara visión dirigida a exportar mejor sus productos, utilizaron el inglés en su publicidad y en la marca comercial. En aquellos años, la fábrica de Llorenç Fluxà tenía un sello de marca en inglés: “The shoe Lottusse. Trade mark”, y el fabricante Mateu Pujadas anunciaba su calzado bajo la marca “The Sanson Shoe”. Pero fue a partir de los años 60 del siglo XX, en el momento que se reinició la exportación masiva hacia Europa y se abrió el mercado de los EE.UU al calzado mallorquín, cuando las grandes fábricas de calzado pensaron que una de las maneras para hacer atractivo su producto, en vistas de poder exportar, era asumir un nombre comercial que “sonara” a extranjero. Así, del adjetivo mallorquín que se utiliza para expresar que algo procede del campo, “camper” (con acento en la última sílaba) surgió la marca “Camper”, convertida en palabra llana que otorgaba una fonética más anglosajona. Algunos de los nombres de pila más típicos de los mallorquines como Jordi o Joan se transformaron en “Calzados George ‘s” y “Yanko” (Juan, en húngaro). El apellido Coll, combinado con el adjetivo “flexible” que hacía referencia a una de las características de los zapatos que fabricaba la empresa, dio lugar al nombre “Kollflex”, y también del apellido Ballester se creó el nombre de otra importante fábrica de zapatos: “Ballco”.

El Museo del Calzado y de la Industria exhibe una selección de reproducciones de etiquetas de cajas de zapatos, tarjetas de visita, hojas publicitarias (los flyers de la época), anuncios en prensa (los más importantes llegaron a diarios nacionales como ABC y La Vanguardia) y cartelería de finales del siglo XIX hasta la actualidad.